El peso de la libertad I Las sombras que piensan


Dicen que hubo siempre, en cada generación, uno o varios hombres que comenzaron a sospechar.
No se sabe exactamente cuándo ni cómo empieza esa sospecha, porque no llega como llegan los acontecimientos visibles ni como llegan las decisiones solemnes.
No se anuncia con clarines ni con manifiestos, no aparece acompañada de una doctrina ni de una teoría, sino que surge lentamente en el interior de una conciencia que hasta entonces había vivido con la tranquila seguridad de las ideas heredadas, como una leve incomodidad ante lo que todos aceptan, como una ligera fisura en el muro compacto de las evidencias compartidas.
Una fisura tan pequeña al principio que casi podría confundirse con una simple inquietud pasajera, con una distracción del espíritu, con uno de esos pensamientos que cruzan la mente y se disuelven sin dejar huella.

Pero ocurre a veces que la fisura no se cierra, que la incomodidad persiste, que la mente vuelve una y otra vez a ese punto donde algo parecía no encajar del todo, y entonces comienza una forma de atención distinta, una mirada más lenta, más cautelosa, más obstinada.
Una mirada que ya no se limita a aceptar el mundo tal como ha sido descrito por los demás, sino que empieza a examinarlo como si las palabras con las que lo nombramos no fueran del todo suficientes, como si detrás de ellas se ocultara una estructura más profunda que todavía no conocemos, y es en ese instante —tan discreto que casi nadie lo percibe— cuando empieza verdaderamente el libre pensamiento.

El hombre que se dispone a sospechar vive, sin embargo, en el mismo mundo que todos los demás, camina por las mismas calles, respira el mismo aire cargado de tradiciones, escucha las mismas afirmaciones repetidas con la serenidad de lo indiscutible, aprende desde la infancia un lenguaje que no ha elegido y que ya contiene una forma de comprender la realidad, un conjunto de categorías invisibles que ordenan lo que puede pensarse y lo que resulta inconcebible, lo que parece razonable y lo que se considera absurdo.

De modo que cuando ese hombre comienza a preguntarse por el origen de las ideas que lo rodean, descubre muy pronto algo inquietante: descubre que su propio pensamiento ha sido formado por aquello mismo que ahora intenta examinar.


Descubre que cada palabra que utiliza procede de una larga cadena de generaciones anteriores, descubre que incluso su deseo de comprender ha sido despertado por experiencias que no controla, por lecturas que no eligió del todo, por encuentros que ocurrieron sin plan previo, por emociones que se formaron en un momento de su vida que ya no puede reconstruir con precisión.

Entonces aparece la primera gran paradoja del libre pensamiento, una paradoja que acompañará a la conciencia humana desde ese momento en adelante: la paradoja de querer pensar libremente en un mundo donde cada pensamiento parece surgir de causas que no hemos decidido.

Hubo quien observó, hace mucho tiempo, que los hombres se creen libres porque conocen sus deseos, pero ignoran las causas que los producen, y esa observación —que podría parecer severa o incluso desalentadora— contiene una verdad que se revela con especial claridad en el momento en que alguien intenta explorar sus propias convicciones con atención rigurosa.

Porque entonces advierte que su mente no es un territorio vacío donde las ideas aparecen espontáneamente, sino un paisaje complejo formado por sedimentaciones de experiencia, por hábitos de interpretación, por estructuras culturales que se han ido depositando a lo largo de siglos de historia colectiva.
De modo que el pensamiento humano, incluso cuando se esfuerza por alcanzar la independencia, no puede desprenderse completamente de las fuerzas que lo han modelado, y el gesto mismo de pensar libremente se convierte así en un acto lleno de ambigüedad, porque quien lo realiza se encuentra al mismo tiempo dentro y fuera del mundo que intenta comprender, formado por él y, sin embargo, decidido a examinarlo.

Mi invitación a la práctica del libre pensamiento nace dentro de esa tradición de vigilancia, consciente de que la libertad absoluta quizá no sea accesible a la mente humana, pero convencido de que el esfuerzo por ampliar el espacio de la conciencia constituye una de las tareas más nobles de la inteligencia; su propósito no es proclamar conclusiones irrevocables, sino mantener abierto el lugar donde las ideas pueden ser examinadas, donde las interpretaciones dominantes pueden confrontarse con otras perspectivas, donde la duda se reconoce como una herramienta legítima de conocimiento.

Porque pensar libremente no significa destruir todas las convicciones ni vivir en un estado permanente de negación, sino aceptar que cada idea, incluso la más respetada, puede ser revisada a la luz de nuevas preguntas, aceptar que el conocimiento humano es siempre provisional y que las sombras que hoy creemos comprender pueden revelar mañana aspectos que todavía no hemos visto.

Dicen que todo comenzó con una sospecha.

Dicen que esa sospecha aparece cuando alguien observa las sombras con una atención distinta y se pregunta si detrás de ellas existe una realidad más profunda.

Dicen que incluso esa pregunta podría ser otra forma de sombra.

Y, aun así, dicen también que la historia del pensamiento humano está hecha precisamente de ese gesto obstinado: el gesto de seguir pensando, incluso sabiendo que quizá nunca abandonaremos del todo la caverna.

 

Mario Nuño Sevilla

Presidente del Capítulo de Libre Pensamiento de Arco Hagion

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